La cena

16/02/2014

Al principio éramos auténticos desconocidos. Ya se fijó en mi, a pesar de que para mi esa persona pasara desapercibida. Eran momentos tímidos, amables, a veces incluso medidos para no molestar el uno al otro. Incluso algunas dudas superfluas rondaban por nuestras cabezas: ¿Será realmente así? ¿Qué oculta? y un sinfín de preguntas, cuyas respuestas llegarían con el paso del tiempo. Los días pasaban y del simple hola y adiós, respetuoso y tradicional, se iban añadiendo conversaciones del día a día con una naturalidad que asustaba y una fluidez que más quisieras tener con esa otra persona que tanto deseas, pero con la cuál no existe esa química.

Un café, quizás una cerveza… Más bien fue una cena lo que cambió todo. Preguntas que no nos habíamos hecho pero conocíamos la respuesta. No hacía falta preguntarlas, pero la curiosidad a veces te impulsa a hacerlo. A conocer. Aun a sabiendas de la decepción, te aferras a un clavo ardiendo y lo preguntas. Pero aun estando cara a cara, frente a frente, en una parada de autobús mientras llueve, esperando a que llegue para montarnos; tarde, como siempre. Te lo preguntan, pero ni siquiera se articula palabra. Estamos tan cerca, pero a la vez tan lejos. Te mandan un sms. Ridículo quizás. Miras tu móvil, le miras: puede ser, pero no contigo.

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